El día en que me atreví a fallar.


Cuando me propongo algo, me esfuerzo al máximo por lograrlo, y puedo llegar a ponerme en las situaciones de mayor presión para hacer que algunas cosas funcionen.


Esto me ha traído consecuencias beneficiosas y satisfactorias, sobretodo en cuanto ha lo que ha tenido que ver con la sobrevivencia en un país desconocido, con modos de comportamiento, cultura e idioma distintos. En este sentido, el ser autoexigente me ha ayudado especialmente a no renunciar cuando las cosas se ponen difíciles.


Porque no todo es paraíso en este lado del mundo, más aún cuando eres inmigrante.

Sí, en las redes sociales se ve maravilloso, ¿verdad?, pero muchas veces la realidad varía, y lo que es maravilloso conlleva esfuerzo y dedicación.

Al llegar a Australia cosas tan básicas como realizar una llamada por teléfono son difíciles (aún teniendo en cuenta que yo tenía un buen nivel de inglés).

Entender cosas como el sistema de impuestos, el banco, incluso ordenar un café, es al principio todo un desafío. Para que hablar del trabajo, cuando tienes que dejar de lado tu título y tu orgullo, y a veces dedicarte a hacer cosas que jamás pensarías que harías.

Establecerte y encontrar un trabajo que te guste y sea desafiante toma tiempo.

Sé que sólo quienes han pasado por la experiencia de vivir en el extranjero entenderán (y ¨me saco el sombrero¨ por todos ellos).


Además de lo anterior, hacer todo sola fue particularmente desafiante porque como buena latina soy muy apegada a los míos, y quienes me conocen de cerca saben lo regalona y emocionalmente dependiente que soy (o era).


Pero gracias a esa fortaleza llevo 3 años lejos de mi familia, mis amigos y todo lo conocido.

Ha sido una experiencia increíble y vertiginosa. Australia ha demostrado ser un país lleno de oportunidades, con personas gentiles y un sistema de vida indescriptiblemente amigable y relajado, que te ayuda a hacer de esta estancia en lo desconocido un bonito desafío.


Si bien la presión que me pongo constantemente por ser mi mejor versión me ha llevado lograr objetivos impensables en el ámbito laboral, físico y también a sentirme acompañada de hermosas personas a mi lado, esa imponente autoexigencia también ha me ha hecho conocer la ansiedad.


Controlar mi tiempo, mi peso y el ejercicio, tener un trabajo que maximice mis potencialidades y en ocasiones a atender a lo que los demás quieren, sin pensar qué es lo que yo quiero o necesito, angustia y agota.


Cierto día mi pololo me invitó a un Brisbane, una cuidad que nunca había visitado, por un viaje que debía hacer por trabajo, por ende, él iba a estar ocupado seis de los siete días que íbamos a estar ahí.

Yo pensé...¨Bueno, ¿qué voy a hacer que sea productivo?¨ Porque la idea de disfrutar simplemente no me hace mucho sentido... ¿Cómo no iba a trabajar o hacer algo productivo durante todos esos días?


Es ahí cuando me planteé que era la mejor oportunidad para volver a rendir -por cuarta vez- esa prueba de inglés que tantos dolores de cabeza y serios problemas de ansiedad me ha traído.


Porque (me duele mucho confesarlo) IELTS ha sido una pesadilla.

(IELTS es una prueba de inglés académico que debo rendir a modo de validar mi título de Psicóloga en Australia).


La programé para el cuarto día en que íbamos a estar ahí. Plan perfecto pensé; no estoy en Sydney, no hay trabajo ni distracciones. En 4 días me mataría estudiando e iba a obtener el puntaje que necesito (bastante alto, por cierto).


Los primeros tres días de intenso estudio, en que literalmente no salí del hotel más que a comprar un café (obviamente take away, porque lo traía de vuelta para estudiar con él en mano) todo iba bien... Pero de a poco me vi nuevamente en la carrera de hámster, donde mi cabeza luchaba por mantenerse optimista e internalizar alto y complejo contenido con nada de tiempo.


Si bien la presión externa de visa ya no estaba, yo me puse una exigencia innecesaria.

Volvió el cigarrillo, la ansiedad y la impaciencia. El luchar contra mi propia cognición por no poder memorizar suficiente. Tomar pastillas para concentrarme. Odiarme por no lograr el puntaje necesario en los ensayos. Las ganas de llorar. El no sentirme suficiente.

Convertirme en mi mayor enemigo.


Al tercer día el internet en mi teléfono comenzó a fallar... la compañía estaba presentando problemas, como siempre (y bueno... al final de cuentas vivo en una gran isla/continente).


Sé que muchas personas no creen en las señales. Yo sí.

Algunos lo llaman Universo, Energías, yo lo llamo Dios.


Con mucho dolor, y extraño sentimiento de valentía me miré al espejo y me pregunté.. ¿Por qué me estoy haciendo esto? ¿Por qué la exigencia? ¿Por qué me doy tan poco tiempo, cuando puedo rendir la prueba en un par de meses? ¿Cuál es la necesidad de correr, si ya no hay presión más que la que yo me auto impongo?


Y así, sin más, me atreví a fallar.

Acompañada de un extraño sentimiento de valentía cambié la fecha de la prueba, abrí las ventanas y me di permiso para no ser ¨productiva¨ por unos pocos días.


Me atreví a faltar.

A darme el permiso de disfrutar.

A quitar la presión.


A volver a mi pasión ¨ no-productiva¨ de escribir y hacerlo en mi idioma.

A pensar y desatar mis emociones en español, en estas líneas.

A disfrutar del momento y de alguna manera recompensarme por el esfuerzo realizado.


A estar conmigo, acariciar mi alma y mi esfuerzo.


A darme permiso para leer, salir a caminar... tomarme las cosas con calma.


Y también fue un logro.

Significó hoy darme un descanso en la carrera.

Tomar un respiro y admirar el paisaje.

Y por qué no decirlo, acariciar mi alma y mi esfuerzo.


No me rendí ni me rendiré jamás, porque reconozco que mi propia exigencia me ha dado grandes satisfacciones, pero entendí que a veces también se requiere tiempo y paz mental para alcanzar los sueños.





Quien sabe si tal vez hasta pueda hacer sleep-in, como dicen los gringos o disfrutar del dolce far niente como dicen los italianos...

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